No se merece espacio. Me contradigo al escribir sobre Geert Wilders y si lo hago es para desahogarme. Toda vez que el tipo abre la boca se arremolinan los medios a su alrededor. Si no es porque califica al Corán de ser un libro peligroso y lo compara con “Mi lucha”, de Adolf Hitler, produce una película en contra del Islam de la que todos hablan pero nadie vio -y garantizado que tendrá una audiencia privilegiada, nadie se la va a perder.
Mi credo siempre ha sido el del respeto a los demás. Alguien me ha dicho hace un tiempo que los musulmanes quieren que se los deje tranquilos. Apruebo esa opinión y la hago extensiva a todas las demás personas que profesan otras religiones. ¿A quién le gusta que lo jodan con discursos fascistoides? Esta semana, una política socialdemócrata musulmana de Rótterdam se despachó contra un desconocido que envió centenares de correos electrónicos ofensivos a su despacho. Le respondió de todo menos lindo y, ya más centrada, le aconsejó convertirse al Islam si lo que busca es paz en su corazón.
Este caso aislado me llamó la atención porque muestra el estado de crispación de una población que es menospreciada y acorralada por el discurso político y el de la calle.
La experiencia personal me sigue aportando las mejores percepciones. Cuando llegué a este país, mi primer contacto con un colega de trabajo fue un marroquí -dicho sea de paso, fue mi primer contacto que recuerde con un marroquí. Lo que pueda decir de ese hombre no merece menos que mi mayor reconocimiento. Magnífica persona, un profesional sin igual, conocedor a la perfección del español, el francés, el inglés, el árabe (claro), y un dialecto que ya no recuerdo.
Me traslado al día de hoy. Veo a las madres musulmanas que llevan a sus hijos a la escuela del mío, nos saludamos y hablamos alegremente. Me viene a la mente una señora, madre de una compañerita de Martín, que no pierde ocasión de colaborar con las actividades escolares. No puedo pensar en ella si no es sin su sonrisa radiante que la acompaña todas las mañanas. Regreso a casa y prendo la TV. Lo veo a Wilders que promete en un spot televisivo “menos impuestos y menos Islam”. Ese hombre no tiene paz en su corazón.
Una conocida se ofuscó por el tono de la reacción contra el anti-islamista anónimo que envió los e-mails a esa delegación del municipio de Rótterdam. No se publicó el contenido de esos “spams” (¿no debía haberse hecho?). Es cierto, ella desempeña un cargo político y su reacción fue grosera, ¿pero no es más grosero el bombardeo permanente de mensajes despectivos contra el Islam? (Ellos quieren vivir tranquilos…)
Fue igualmente inquietante una reacción “refleja” del Ministerio Público cuando ordenó detener hace dos semanas a un grupo de manifestantes “anti-Wilders” en Ámsterdam. Los jóvenes portaban carteles con la cara del ultraderechista líder del Partido por la Libertad (PVV) y un slogan que decía: “Geert Wilders, extremista. Le causa daño a usted y a la sociedad”, enmarcado por el diseño de un paquete de cigarrillos. No provocaban disturbios y eran tres gatos locos.
No promuevo prohibirle a Wilders su film que, se estima, saldrá al aire en las próximas semanas en un canal televisivo, pero sí un llamado a la cordura a los colegas locales. Hablar lo justo y necesario y no inflar al enano fascista.
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Alejandro Pintamalli Cosas que no Geert Wilders, Musulmanes