Sábado
El día comenzó con la buena noticia de la promoción de mi hijo a otro color, finalmente, en el camino a su futuro diploma de natación. Era hora. Su temor al agua casi nos hizo desistir de continuar, hasta que una de las instructoras nos invitó a duplicar sus clases por el valor de una. “Hasta que pierda el miedo al agua”, nos dijo. Y al fin, ese día llegó. La formación de los chicos va del celeste, pasando al azul, el blanco, el rojo, el anaranjado y el verde. Acto final, aplausos con diploma “A” en la mano. Ya desde el “oranje” se les exige nadar vestidos. Piénsese en la cantidad de canales en Holanda y no es descabellado que se los adiestre para superar un mal paso.

A partir del mediodía comencé a preparar la cena. Exigía tiempo porque seríamos varios y las empanadas que me proponía hacer llevaban una masa para tartas que venden acá y que nunca sometí a prueba (creo que son las Danerolles). Eché mano al cuaderno de cocina básica de Blanca Cotta para no saltearme ningún paso –si se trata de nosotros tres, improviso, pero en esta ocasión no quise arriesgarme-, estiré la masa con el palo y la corté con un molde del tamaño de los discos que venden en Argentina. Conclusión, que salieron excelentes y bien horneaditas.
En el medio me interrumpió el teléfono. Una colega me anunciaba que un artículo que escribí el viernes se publicaría en su versión en holandés y en inglés. Me alegró que una causa que merece atención tome un poquito de vuelo.
Un Norton Cabernet Sauvignon acompañó la noche -y me reservé un Tilia, mitad Cabernet, mitad Malbec, para otro próximo encuentro. No gané la lotería pero a veces pequeñas cosas me hacen sentir muy a gusto.





