Amargo despertar
Bajé del bus en Almere Buiten para abordar la conexión del tren que me lleva a la radio. Fue en ese momento, siguiendo la procesión ordenada de los que descendían por la mitad del vehículo, que escuché la sirena de un móvil policial. No tenía por qué sorprenderme. Los automóviles están estacionados frente a la parada y a pocos metros de la entrada de la estación del tren y ya forman parte del paisaje. Lo que desentonaba era el sonido de la sirena.
¿Qué hacía que mis nervios se alteraran esa mañana del jueves? Después de todo no era más que una sirena. Probablemente el patrullero se abriera paso para acudir a una llamada libre de riesgo o porque se activó alguna alarma. Nada anormal.
A pesar de mi letargo matinal reconocí inmediatamente la fuente de mis preocupaciones. La noche anterior había ganado Geert Wilders las elecciones locales. El político ultraderechista del Partido por la Libertad, el PVV, se había alzado con la mayoría de las bancas de la municipalidad de Almere. Una tragedia. La mitad de la población lo votó. La mitad ‘blanca’, la autóctona. La otra mitad, la descendiente de otras nacionalidades y los extranjeros, se dividió entre las demás opciones.
Esa sirena me sacó del sopor y despertó mis temores. ¿Serán así los días que se vienen? ¿Tendremos que habituarnos a ver más policías en la calle o, lo que es peor, a cruzarnos con sus “comandos ciudadanos” con los que Wilders piensa hacerle frente a los -imaginarios- “terroristas urbanos”?





