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Con acento belga

Julio 19th, 2008

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Estoy de regreso de unos pocos días de escapada a Amberes y Brujas, en medio de lo que se presumía sería el cisma de un país disputado por sus dos lenguas predominantes, el neerlandés y el francés. El año de tire y afloje entre flamencos y valones parecía haber llegado a su fin cuando por tercera vez el premier belga Yves Leterme tiró la toalla. Finalmente, el rey Alberto II no le aceptó la renuncia y ahora promueve una nueva mesa de diálogo.
No esperé el desenlace y nos echamos a andar desde el martes. Al final de cuentas, estoy de vacaciones…
La primera parada, decía, fue Amberes (Antwerpen). De ahí me traje varias postales y una en especial, poco feliz. Mea culpa, porque elegí parar en un hotel económico en las proximidades de la estación central del tren. Definitivamente, y a la luz de mi experiencia, conviene buscarse un destino más alejado. ¿Será que fuimos testigos casuales de un par de incidentes desagradables? Dio la coincidencia que todo ocurrió en los alrededores del hotel. La primera vez fue el gesto de un tipo, delante de mí, con las manos en forma de pistola en su pecho, a escasos metros de varios patrulleros estacionados frente a la estación. Enseguida descubrí que ese gesto estaba destinado a uno que me seguía, seguramente desde que retiré dinero de un cajero a una cuadra de allí. En pocas palabras, que le estaría advirtiendo de la proximidad de la policía… (¿O estoy paranoico?)
Al día siguiente vimos como uno se le abalanzó a otro al cuello y le dijo de todo (menos “lindo”).
No es casual, concluí, ver transitar tantos coches de la policía por la zona.
Si paso por alto esas “postales” y camino hacia el casco antiguo, Amberes es bellísima y vale la pena caminarla. Lo mejor, sus bares y librerías.
Dicho lo cual, y por más trillada que parezca mi elección, me quedo con Brujas (Brugge). Esta ciudad de fantasía se recorre en un par de días. Hay que apartarse un poco de la marea de turistas -con el paraguas en alto del guía de turno-, recorrer los canales que la circundan y entrar a los museos. Sí, aunque haga lindo día, y tomarse el tiempo de escuchar por ejemplo las historias que encierran los cuadros que cuelgan en el Hospital Museo (Sint-Janshospitaal), de ocho siglos de antigüedad. O ver la elaboración de chupetines (paletas) desde la vidriera. O las exposiciones de arte, cerca del hotel Orangerie. La media hora de paseo en bote no la descarten, más aún si viajan con chicos…
Punto y aparte, quiero brindarle un homenaje al belga por su cordialidad y por el bello neerlandés que habla, con un acento que suena “ouderwets” (pasado de moda) pero que, por la misma razón, es bellísimo de oír.
Nos volvimos satisfechos y esperamos repetir pronto. ¿Será Bélgica todavía…?

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Alejandro Pintamalli Cosas de a ratos

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